jueves, 4 de septiembre de 2008

El poder de la palabra

Cada ciudad tiene su propio bustrófedon, al estilo del personaje habanero de Tres tristes tigres, de Cabrera Infante. En Tuxtla Gutiérrez es Enrique Álvarez de la Cadena, el Cayoto, célebre por adquirir fármacos en la botica para su cónyuge. Seguramente está entre los pocos hablantes del castellano que se expresa con la mitad del diccionario de la RAE en cada conversación. Va una historia que le ocurrió a él y que recojo en cien palabras, como dicta el juego.

El método del discurso


La vio caminar sobre la acera. Las nalgas perfectas bamboleándose al ritmo vespertino. Pero, ¡oh!, pertenecía al género de las hembras imposibles. Sólo hay un modo, pensó, de aproximarse: el discurso perfecto, la seducción por la palabra. Articuló en segundos un largo, bello e incontestable argumento; ninguna, ni la hermosa que avanzaba hacia el poniente podría resistirse. El semáforo se puso en verde. Había el tiempo exacto para adelantarla en el abordaje. Cuando la tuvo a mano, su florida verba se desvaneció ante la imprevista belleza del rostro deseado; entonces, sólo alcanzó a decir: –¡cohabitemos, pues!

No hay comentarios: