Juan Manuel Arenas es un personaje cuasi mitológico. Escritor y pintor autodidacta, ha recorrido cientos de caminos y deja por donde pasa la huella de sus historias singulares. Aquí el relato de cómo aceptó que su mujer lo sería para siempre.
El porvenir irrevocable
Cuando su joven novia resultó embarazada, huyó hacia La Laguna, laberinto de mil ejidos. Ella no sabía leer ni de geografía, pero era tenaz. Preguntó que camión la llevaba. Lo abordó sin saber dónde bajaría. Dormida, pasó Torreón. Despertó en Lerdo y preguntó: –Aquí es La Laguna–, ante la afirmación buscó al azar un taxi. Inquirió al chofer: –¿Conoce usted a Manuel Arenas?. –Tiene suerte, vive en un ejido lejano, pero los sábados lo llevo desde el putero. Al mirarla llegar a su escondite con el niño en brazos, supo que de ella nunca más podría escapar.
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