Que nadie duerma
Mi padre tenía un amigo cantante de ópera. De vez en vez ensayaban sus arias favoritas Recóndita Armonia, E lucevan le Stelle, Come un bel di di magio y las imágenes de los héroes mayores -Caruso, Jussi Bjöerling, Beniamino Gigli y Tito Schipa- presidían las aproximaciones al misterio. No era extraño que cantaran Nessun Dorma a deshoras y con más tequila que el reglamentario para aclarar la garganta y hacer presentes los versos. Los vecinos molestos y quizá ignorantes de la trama de Turandot, cumplían obedientes el imperativo de no dormir. La noche necia y la esperanza…
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