Otro de José Antonio Ramírez Deleón, que involuntariamente nos recuerda el asco de ciertas fiestas.
Espíritu navideño
Por el jardín de la casa paseaba despreocupado, como engullendo granos invisibles a cada paso, y ajeno al destino que diciembre le deparaba. Más que guajolote parecía perro manso, confiado a las caricias de cualquier persona. Previo a la cena navideña, mi madre, con la frialdad propia de un nazi de Auswitchz, tomó al ave colgándola patas arriba, mientras la degollaba de un solo tajo con filoso cuchillo. Al ver al pavo esa noche en la mesa, vomité escandalosamente mis ocho años completos sobre la suculenta cena. Los huevos revueltos son, desde entonces, mi único alimento en Nochebuena.
1 comentario:
No cabe duda que lo aprendido en los primeros años, nos marca para toda la vida. Mi querido José Antonio, ahora entiendo tu eterna aversión a los emplumados y tu marcada adicción a las chivas. Te entiendo: es mejor una buena birria que un caldo de gallina. Adrián Castillo
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